Lunes, 28 de abril de 2008

Lagos

Fuente: www.emol.cl

Carlos Peña
Rector de la Universidad Diego Portales

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El Canal 13 de Televisión decidió esta semana omitir de uno de sus programas una escena de ira del ex Presidente Lagos. Ofuscado por el interrogatorio de un periodista, se quitó el micrófono, increpó al profesional y dejó al entrevistador con la pregunta en la boca. Pasada la ira, pudo continuar, en lo que debió ser un duro ejercicio de autocontrol.

La escena —un ex Presidente ofuscado por lo que estima son imputaciones injustas de un programa periodístico— reviste un obvio interés público y es difícil entender por qué el canal católico se inhibió de transmitirla.

Por supuesto, si la causa de la molestia del ex Presidente fueran imputaciones relativas a su vida privada, argumentaciones ad hominem, simples cotilleos, amargas maledicencias, resentimientos o despechos, él tendría toda la razón al molestarse y el canal habría estado a la altura de su oficio al decidir guardar las imágenes.

Pero si, como ocurrió, el asunto en cuestión era un conjunto de políticas públicas acusado de grave ineficiencia, entonces ni el ex Presidente ni el canal estuvieron a la altura de las circunstancias.
Ricardo Lagos, en vez de molestarse y arrojar chispas de ira, pudo dar explicaciones y aportar pruebas, como lo hizo más tarde, para persuadir a los periodistas y las audiencias de cuán equivocados estaban al juzgar de esa forma uno de sus programas gubernamentales. En un esfuerzo de pedagogía cívica, pudo ayudarnos a comprender de qué forma se mide la pobreza, por qué ella es tan indócil a los programas que pretenden sofocarla, de qué manera a veces los funcionarios se esmeran en capturar rentas en vez de cumplir sus deberes, por qué las políticas públicas toman tanto tiempo en surtir efectos, y mostrarnos así, con su ejemplo, que las autoridades públicas, incluso cuando abandonan sus cargos, deben estar expuestas al escrutinio de los ciudadanos y sometidos a la vigilancia incómoda de la prensa.

Si, en vez de ceder a ese arrebato de ira, el ex Presidente hubiera respirado hondo, contado hasta diez y recordado que la esfera pública está hecha de malos ratos, nos habría dado una lección de racionalidad a todos y habría ayudado a mejorar la calidad del debate público que a estas alturas amenaza con hacer de todo una cuestión banal.

El canal, por su parte, si hubiera transmitido la escena de la ira, nos habría convencido de que tenía plena certeza de la índole de su investigación y plena autonomía a la hora de retratar y dar a conocer las reacciones que era capaz de suscitar. La reacción que en un ex Presidente provocan las críticas relativas a su desempeño es parte de los atributos que a la ciudadanía le interesa juzgar y, por eso, una escena como esa reviste interés público y forma parte de la noticia aquí y en cualquier país del mundo. Después de todo, si mostramos las reacciones destempladas de personas modestas reaccionando ante las cámaras, ¿por qué no hacer lo mismo con un ex Presidente que se molesta por lo que, a su juicio, son ataques sin fundamento? Al omitir esa escena da la impresión de que, luego de las reacciones de Lagos, el canal arrastra una estela de culpa, que es sensible a las peticiones y los telefonazos y, esto es lo peor, que aún no logra sacudirse del todo esa tendencia vaticana a guardar los modales más allá de la cuenta frente a quienes poseen redes y ejercen poder.
Pero el incidente que provocó Canal 13 —además de recordarnos cuán febles son los criterios editoriales y cuán explosivo el carácter del ex Presidente— nos mostró, sobre todo, los peligros que supone no percibir y aceptar los límites de nuestra propia identidad. Sobre todo en la esfera pública.

Políticos que quieren ser recordados como intelectuales, empresarios que quieren dejar la huella de un filántropo, académicos que anhelan la fama de una estrella del espectáculo, modelos que quieren ser inmaculadas, tipos maduros que olvidaron sus años y se comportan como adolescentes y otros equívocos dramáticos de la misma índole.
Problemas de identidad en suma.

Como los que parece arrastrar, a pesar de su innegable talento, el ex Presidente Lagos.

Él es de esos personajes que aspira a tener poder, o sea a torcer la voluntad ajena, y al mismo tiempo, a estar siempre, sin mancha ninguna, a la altura de sus propios sueños e ilusiones. Un caso de expectativas incongruentes que sólo le seguirá causando frustración y una estela de insomnio.

Ricardo Lagos debiera comprender que quienes se dedican a la política —e incluso logran, como él, hacerla a gran altura— igualmente están sometidos a bochornos y molestias; que aquellos a quienes alguna vez dirigió, tarde o temprano se tomarán pequeñas revanchas; que en política la grandeza es indisoluble de dos o tres sombras; y que un político que quiere dejar un recuerdo inmaculado es tan absurdo e inexplicable como una Emily Dickinson que insiste que es novelista, un De Gaulle esperando que los militares de Argelia lo quieran, un elefante subrayando una y otra vez que es apenas una mariposa.

 


Publicante Pichilemunews @ 21:00
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