Domingo, 30 de noviembre de 2008

EL APÓSTOL SAN ANDRÉS Y EL PRIMER HIJO ILUSTRE DE PICHILEMU

 

Miles de fieles participaron en la festividad que conmemora a San Andrés Apóstol en Ciruelos, localidad distante a 11 kilómetros al sur oriente de Pichilemu, entremedio de lomajes aromados de pinos y eucaliptos y donde se encuentra una de las Iglesias más antiguas de la costa de la región de O’Higgins.

En efecto, católicos llegados desde diversos puntos de la propia comuna, como de otras de la región –aparte de comerciantes que siguen estas festividades, obviamente por razones distintas- fueron partícipes de las diferentes actividades programadas por la Parroquia de Pichilemu, encabezadas por el cura párroco Pablo Donoso y secundadas por sacerdotes que viajan a ayudarle, aparte de los diáconos locales y personas allegadas a las actividades pastorales.

 

CANTO A LO DIVINO

Misas, rezos y cantos a lo Divino fueron el preámbulo anoche y hasta la madrugada, donde cantores llegados desde otros lugares, Pumanque, Paredones, Pichilemu e incluso, desde Santiago estuvieron anoche cantándole al Santo.

“pichilemunews” estuvo anoche siendo testigo de parte de estas actividades y, durante el rato en que permanecimos ahí oímos al menos a cuatro cantores, en tanto afuera de la Iglesia, otros afinaban guitarra y charrangueos para seguir cantándole más tarde.

La festividad de San Andrés se celebra para agradecer al Santo –patrono de esa Iglesia- las lluvias y para pedir por el éxito de las siembras entre otras rogativas. Hasta la localidad llegan miles de feligreses a pagar mandas, a confesarse, a comulgar, en todo tipo de carruajes, siendo habitual ver a cientos de huasos que desde largas distancias siguen prefiriendo el “pingo”, que les sirve para participar en la procesión donde el santo es paseado en andas con cánticos, rezos y vivas a lo largo de la única calles que serpentea las casitas del lugar.

 

EL SANTO

El Apóstol San Andrés su llegada a Ciruelos –en 1866- tuvo una sincera promesa de una madre encinta, a su arribo a esa localidad que en esos tiempos era más importante que Pichilemu.

Esa mujer era nada menos que Rita Rodríguez Cornejo, madre de unos cuantos hijos. Al salir a la espera de la anunciada llegada del Santo encargado a Europa –que venía en Procesión/Caravana- escoltado por huasos a caballos, al estar frente a la imagen –según cuenta la leyenda- la mujer se arrodilló y persignándose le expresó que si el fruto que llevaba en su vientre era varón, lo consagraría al servicio del Supremo Hacedor.

El 24 de Junio de ese año 1866 nacía el hijo de Rita, siendo bautizado por su abuelo como José María Caro Rodríguez; quien años más tarde ingresaría a estudiar –primero- en la escuelita parroquial y visto por un clérico que hacía misiones en Ciruelos vio en él a un niño diferente que “pintaba para curita”. Consiguió los estudios en Santiago para niños de extracción pobre y ahí el niño continuó sus estudios hasta consagrarse sacerdote.

Luego, gracias a sus cualidades y capacidad –pese a su regular estado de salud- fue nombrado Vicario Apostólico de Tarapacá, Párroco de Mamiña. Más tarde fue consagrado Obispo, Arzobispo y, el año 1945, el Primer Cardenal Chileno.

Murió en Santiago, a la edad de 92 años el 4 de Diciembre de 1958 y sus restos descansan en la Catedral Metropolitana.


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