Domingo, 22 de febrero de 2009

FUTURAS ANTROPÓLOGAS “SABOREARON” LA SAL DE CÁHUIL A TRAVÉS DEL RELATO DE AÑORANZAS Y DESESPERANZAS DE VIEJOS SALINEROS

 

Mucho Gusto, Sabor Latino, Sal y Pimienta, Sal y Memoria, son nombres que a usted le traerán a la memoria más de un programa de televisión. Y no se equivoca si es así.

No obstante, hay una excepción en ellos: Sal y Memoria no es el nombre de un programa de televisión. ¡No!

Es el nombre de un libro que recoge interesantes testimonios de los cultores –o mejor dicho de los “cultivadores de la sal”- y particularmente a lo largo y ancho de la laguna de Cáhuil, en la comuna de Pichilemu.

Es, es cierta manera un homenaje indirecto hacia todos aquellos hombres que durante varias generaciones han ido –una tras una- transmitiendo con la palabra y sobretodo con la práctica ese oficio de salinero en los cuarteles que se construen a la vera de aquel cuerpo de agua –formado en el estero Nilahue- conocido como laguna de Cáhuil y que, desde la orilla misma del océano se interna y alcanza a los poblados interiores de Barrancas, La Villa, La Plaza, El Bronce, La Palmilla y El Maqui.

Las autoras, estudiantes universitarias –a quienes no conocemos- son Solange Carrasco y Constanza Lillo, realizaron este trabajo etnográfico como tesis de la carrera de Antropología, suponemos –ya que no aportan más datos al respecto- lo que no obsta a la entrega de una valiosa información recopilada y que da cuenta del trabajo desarrollado por habitantes de esa parte de la comuna pichilemina.

A través del relato de once “hombres de la sal”, van fluyendo sus experiencias que van en algunos casos sobre los setenta años, puesto que desde muy niños fueron llevados por sus padres, y éstos por sus abuelos a trabajar a las salinas. Un trabajo “duro” en medio del barro y el agua salobre, partiendo por la limpieza después de cada invierno hasta abril o mayo del siguiente año.

Los relatos de las personas entrevistadas se van cruzando, entrelazando, según los tópicos y coincidencias sobre los temas abordados.

No deja de llamar la atención –por una parte- las añoranzas por el esplendor de la explotación de las salinas en las décadas pasadas, -y por otra- la desesperanza que ven con la alicaída actividad actual, donde la juventud prefiere otras actividades más rentables, a causa del bajo precio que tiene el producto.

No está exenta la crítica hacia los políticos cuando se manifiesta de alguna manera el apoyo de esta clase, la que no pasa de ser palabras al viento en tiempos de campaña y que nunca se materializa en hechos concretos.

Recogiendo un fragmento sobre lo indicado, dice: “Aquí los políticos se candidatean y no hacen nada, aquí lo que hace falta es un industrial que forme una industria, que forme alguna cosa que tenga como entretener al salinero el resto del tiempo. Para que se arme trabajo. Esos que se candidatean ofrecen de todo a uno, pero ¿qué es lo que hacen ellos cuando tienen los votos arriba? Si te he visto no me acuerdo. Pero cuando uno está en las salinas llegan con su cajita  (caja con alimentos) engañándolo a uno, pero después de ocho años que están arriba uno no los ve más …”.

Aquellos testimonios pertenecen a Daniel Leiva (91), Manuel Guajardo (90, que no alcanzó a ver esta publicación), Fernando Soto (82), Daniel Tobar (80), Moisés Arraño (81), Atilio Catalán (77), Gustavo Moraga (59), Arturo Guajardo (62), Alonso Acevedo Cordero (55), José Daniel Tobar y Carlos Leyton (la edad de estos últimos no sale indicada); aunque por deducción son más jóvenes que el resto, por cuanto son hijos de otras personas ligadas a las salinas.

 

ACTIVIDAD RENOVABLE Y SUSTENTABLE

Si bien se explica en forma detallada cómo realizan el proceso de cultivar la sal, uno (el lector) no queda listo, preparado, para iniciarse en esa actividad, ni mucho menos; pero si –le aseguro- conocerá testimonios de cómo aquellos hombres, desarrollando una actividad con pura energía natural: la acción del viento (eólica), del sol (energía solar) y del trabajo humano (energía humana) han estado por cientos de años llevando sal –en sus tiempos- para las panaderías, a los hogares, curtiembres y para otras actividades industriales; pero desde el gobierno de Frei Montalva (1964-1970) a través del Ministerio de Salud se restringió su uso –supuestamente por ser perjudicial al organismo, por falta de yodo- en tanto se beneficiaba a los dueños de las minas de sal del norte, en manos ¿de quién creen ustedes?, lectores.

 

En este trabajo se abordan también las interrogantes sobre el destino de esta actividad que sigue decayendo.

 

Lamentablemente, las autoras no se refieren –quizás por desconocimiento- sobre la real posibilidad de “darle un valor agregado” a la sal; como si lo hacen los habitantes de Guérande, Francia, un lugar muy similar a las comunidades junto a la laguna de Cáhuil que por cientos de años explotaban salinas con iguales herramientas y que –en un momento- colapsó por falta de mercados, deprimiéndose a niveles paupérrimos.

Sin embargo, la visión y el apoyo gubernamental a esas comunidades, en Francia, han permitido que desde varias décadas la Sal de Guérande sea un producto que está en los mejores mercados, y mesas de los más refinados restaurantes del mundo, gracias al valor agregado con diversas especias.

Las mismas “especias” que se le podrían agregar acá en Chile –en las Salinas de Cáhuil, Lo Valdivia- pero que pese a planteársele en todos los tonos a las autoridades provinciales, comunales, no han escuchado por los egoísmos propios de la política de las autoridades de turno.

Como la iniciativa no salió de ellos, “no se escucha padre”; mientras cada año la producción salina decrece por los bajísimos precios del producto.

Esta situación –por cierto- no cambiará si el afrecho se le sigue dando a los mismos chanchos.

¡Así será no más!

Tal como esperan las autoras, esperamos que esta publicación no solo sirva para incrementar anaqueles o bibliotecas, sino sirva para que las autoridades –al menos alguna- tenga el coraje y se la juegue por este alicaído sector productivo que viene desde tiempos inmemoriales siendo parte del paisaje.

Y ya que el ex alcalde Jorge Vargas y uno de sus manos derechas –Gerardo Rubio- se guardaron los “palos” -no se sabe dónde- que serían para el Museo de la Sal, ese museo siga in situ por los siglos de los siglos. ¡Amén!        

          


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