Martes, 11 de agosto de 2009

“HIJO ILUSTRE DE PICHILEMU” –DESDE ALEMANIA- ADHIERE AL BICENTENARIO CON OBRA MUSICAL “CANTO A LOS PADRES DE LA PATRIA”

- Obra musical pronto a salir en un Álbum de 3 CD se suma a cientos de actividades en homenaje a los 200 años de vida independiente.
 
 ”La posteridad ha pronunciado su juicio definitivo sobre los héroes de nuestra independencia Americana. Fueron grandes hombres, los más grandes en inteligencia y sacrificio que la América, hasta nuestros días, haya producido, dignos de figurar en el panteón universal como colaboradores del progreso humano. Cumplieron su misión redentora en el orden de los hechos, dando cada uno la primera señal del engrandecimiento continental.
El tiempo disipa las falsas glorias y acrecientas las verdaderas, y ha borrado las sombras que oscurecieron parcialmente en vida estas personalidades típicas, símbolos de una época, que señalaron la aparición de un nuevo mundo republicano, que es el fenómeno político más considerable que haya presenciado el siglo XIX.
Sus contornos se destacan netamente en el horizonte de la historia y se han merecido todos ellos, para nosotros más los chilenos, la apoteosis de su posteridad, a punto de alcanzar el Segundo Centenario de nuestra Independencia, sometidos a la prueba del tiempo en presencia de su obra.
 
Gloria, Gloria, Gloria a los Héroes de Chile Bernardo O’Higgins, José Miguel Carrera, y Manuel Rodríguez”.

Tal es la reflexión con la cual, nuestro artista Jorge Aravena Llanca –radicado desde hace unos años en Alemania, junto a esposa y dos de sus tres hijas- concluye el envío a unos cuantos privilegiados, sobre su último trabajo que lo ha mantenido y conectado a su tierra, a su país, donde –como una manera de hacerse partícipe en la conmemoración del próximo Bicentenario de nuestra patria- está a días de que el trabajo “Canto a los Padres de la Patria”, salga materializado a través de tres CDs.

Hemos estado al tanto de ello desde hace bastante tiempo, pero solo ahora estamos en condición de informarlo, pues entrega información para difundir ante la próxima aparición de su trabajo. Y lo hacemos gustosos, pues –finalmente, tras chocar con la burocracia y de los agentes enquistados en el poder, entre otros- debió como en muchas ocasiones financiar totalmente el trabajo que no solo tiene valor por la producción de estos CDs que tienen el valor de destacar –por igual- la valía de aquellos hombres que lucharon por legarnos un país libre, soberano: O’Higgins, Carrera y Rodríguez unidos a través de la obra musical de un artista que –en tierras extrañas- ha contado con el apoyo y reconocimiento de otros gobiernos.

Porque Jorge Aravena Llanca, artista multifacético chileno –Hijo Ilustre de Pichilemu- no solo es fanático –en el buen sentido- admirador de los próceres ya señalados, sino también de todos aquellos americanistas que lucharon contra la corona española para emancipar a sus pueblos.

Hoy a pocos días de entregar esta obra musical, nos muestra a través de textos que en su mirada no hay visos sino para admirar sin mezquindades –a cada uno con lo suyo- el papel que ningún otro, como ellos, fue capaz de enarbolar la espada para luchar por su suelo libre.

Sin duda que la mirada de Jorge Aravena Llanca, libre de atavismos mesiánicos, de partidismo como el que durante siglos han exaltado diferentes historiadores, da un ejemplo de que la historia y el rol de cada uno, en su momento, la hicieron seres de carne y hueso, con sus grandezas y debilidades humanas y –al final de cuentas- pagaron un alto precio; y quienes vivimos el presente no debemos enjuiciarlos sino admirarlos por todo lo que hicieron en pos de un solo objetivo: legarnos la patria que nos cobija y de la cual nos debemos sentirnos orgullosos.  

Leamos pues, las interesantes reseñas a que hemos hecho referencia:

CANTO A LOS PADRES DE LA PATRIA
por  Jorge Aravena Llanca
 
I
En la vocación y conocimientos históricos del genio chileno, lo primero que se advierte en el estudio de su desarrollo intelectual, es la vocación de nuestros historiadores de acentuar las diferencias y crear antagonismos, que ha engendrado el odio que hoy en día siguen escarmentando los nombres de nuestros auténticos Próceres, enconos que aun existen entre aquellos que murieron dando su fortuna y su vida en aras de la independencia del poder monárquico español, en la búsqueda de la libertad y la justicia.
Nos han inducido a sentir odio hacia aquellos que nos liberaron del yugo monárquico, de quienes se tiene, más que conocimientos, advertencias de sus rivalidades, enconos y luchas partidistas, que admiración al conjunto de positivos activistas patriotas en pro de nuestra actual búsqueda democrática de convivencia nacional.
En el común de la gente, en sus comentarios históricos, el tema es la rivalidad entre nuestros Próceres, el odio que existe en toda referencia a los tres más importantes como lo fueron Bernardo O’Higgins, José Miguel Carrera y Manuel Rodríguez.
Desde los primeros tiempos, en nuestro territorio, las crónicas y memorias escritas por los soldados y por los eclesiásticos forman casi todo el acervo de la literatura colonial. Los ensayos históricos se impusieron a la larga, por su mayor valor relativo, en el despertar literario que empieza en 1842, y las obras de Vicuña Mackenna, Amunátegui, Barros Arana, Errázuriz, Medina, Sotomayor Valdés y Bulnes dominan sin contrapeso en nuestra producción intelectual hasta fines de siglo XIX. La misma obra maestra de literatura de este período, los “Recuerdos del Pasado” de Pérez Rosales, es la obra de un memorialista, en la buena opción del concepto y preludia una de las nuevas formas que necesita tomar la historia.
Nuestra literatura histórica se resiente, lo mismo que toda nuestra producción intelectual, del exceso de pensamiento reflejo y de la correlativa debilidad de la observación directa de los hechos y de los fenómenos. Pero se impone, por si esto fuera un honor, en forma aplastante sobre la de las repúblicas hermanas y aún sobre la de España. La “Historia General de Chile” de Barros Arana; la “Historia de Chile bajo el gobierno del general Joaquín Prieto”, de Sotomayor Valdés; algunas de las Crónicas de Errázuriz; y el “Descubrimiento y conquista de Chile” y la “Reconquista española”, de Amunátegui, para no enumerar sino a los muertos, si no resisten la comparación con las grandes obras maestras, no desentonan en el grueso de la literatura histórica europea de su tiempo.
La investigación chilena honraría a un pueblo muchas veces más numeroso y más adelantado que el nuestro. “No hay rincón de su historia –dice el español Menéndez Pelayo– que los chilenos no hayan estudiado, ni papel de sus archivos y de los nuestros que no impriman e ilustren con comentarios.
Chile, colonia secundaria durante la dominación española, tiene historias más largas que la de Roma de Mommsen, más largas que las de Grecia por Curtius y por Grote.
Barros Arana no tiene rivales de habla castellana en cuanto a investigadores. Nuestra vocación histórica es el resultado de un conjunto de influencias, perfectamente tangibles, del pasado histórico, que actuaron sobre un fondo étnico muy distinto al español y mejor dispuesto que él para el cultivo de la historia y del derecho.
El factor sociológico, la guerra de Arauco, diferenció, por un lado, la base étnica del pueblo chileno, en su evolución colonial del resto de la América española.
Este factor que influyó poderosamente todos los aspectos de nuestro desenvolvimiento material, intelectual y moral, encierra también, la primera de las influencias que gestaron nuestra vocación histórica. Las peripecias de la guerra y las impresiones duraderas que grabaron en la imaginación de los actores, instaban a conservarlas en memorias, donde el mestizaje tiene la fuerza básica de toda comprensión.
El deseo de legar a la posteridad el recuerdo de los hechos en que se acentuó y el ocio forzado de los días de tregua o de reforma, de ambos contingentes en épocas de guerra, hicieron el resto.
En Chile, emana de la guerra de Arauco algo cósmico, inaccesible a la razón, que se adentró muy hondo en actores y en espectadores y que despertó un profundo interés dramático.
Estos acicates que movieron a narrarlo al religioso y al soldado capaces de maneja una pluma y, por un proceso psicológico elemental, el interés se extendió, del ejército y de las tribus que actuaron en contienda, al suelo y al teatro en el drama mestizo que se representaba. Algunos de los cronistas traían, talvez, dormida la vocación, pero fue el ambiente chileno, saturado con las exhalaciones del duelo araucano-gótico, al decir de Nicolás Palacios, el que las despertó.
La Araucana no es una vana ficción poética: Ercilla captó, según muchos pensadores inclusive del historiador Francisco de Encina, ese algo cósmico que emanaba de las almas, de los cuerpos, de la tierra, de los ríos y de los bosques y que envolvió a la contienda de Arauco en el mismo vaho que a la epopeya de Troya.
Hemos aludido de paso, a grandes rasgos, a un olvido de la vocación histórica racial o, mejor dicho, a una disposición étnica original desfavorable a las influencias históricas que encauzaron nuestro pensamiento hacia la historia.
Ahora, si el genio español jamás ha manifestado aptitudes históricas, ¿de dónde arranca nuestra inclinación hacia la historia?
 
II
 
Así, llegamos al punto de partida de los grandes errores de interpretación de los valores de nuestros grandes hombre, que han engendrado el curioso contrasentido de ser el pueblo chileno, talvez, el que más ha cultivado escribiendo en libros su historia y, al mismo tiempo, uno de los que más ignora su historia.
Este mismo concepto, que ha sido estudiado por investigaciones veraces, nos indican que Chile es un país de poetas como ningún otro en Latinoamérica, tiene dos Premios Nóbel, y talvez al más importante poeta, no sólo en nuestro ambiente continental, sino de pleno reconocimiento en Europa, me refiero a Vicente Huidobro el fundador del creacionismo.
Pero, igual que con la historia, los chilenos son el conjunto humano que menos poesía lee, el que menos compra libros, hasta de sus propios poetas. Menos compra libros de historia.
Con excepción de Nicolás Palacios, cuya rara agudeza psicológica le permitió ver la realidad, a través del hacinamiento de prejuicios científicos que aplastaron el cerebro pensador, todos nuestros historiadores han partido de un doble error histórico y psicológico. Consiste el primero en suponer que el conquistador americano y el colonizador de Chile tenían la misma composición étnica que la masa de la población peninsular y, el segundo en prescindir de las consecuencias psicológicas del cruzamiento peyorativo del conquistador con el aborigen. No han ignorado este último hecho, pero han preferido su trascendental consecuencia sobre los aspectos de la estructura y del desarrollo social. Han situado su visión histórica en un plano étnico semejante al europeo y al de los Estados Unidos, dejando de lado la etnia, u olvidando concientemente, la que componían los conquistadores que, bien sabido, eran de origen semita del Medio Oriente y del Norte del África, como casi todo el componente que vivía en la región peninsular de Europa.
Nuestra gran tragedia continental, el gran dolor que gana para nosotros un gran sentido, es que nos ha tocado, el curioso destino de deplorar la conquista y su consecuente mestizaje, en la lengua que esta nos dejó. Cuando no se sabe a donde se va, conviene darse la vuelta y mirar de donde se viene. Pero ya es tarde para pedirle a Cristóbal Colón que no embarque sólo a los perseguidos por la Santa Inquisición.
Chile como el resto del continente Latinoamericano, ha seguido la práctica, impuesta por el poder oculto de la monarquía española, de tergiversar, omitir y desvalorizar todo lo que concierne a una posible mala imagen de la conducta de sus descubridores, conquistadores, colonizadores y la actual aristocracia que a ella le obedece y de la cual son herederos, tanto en el ejercicio de su religión, como de sus patrimonios.
Olvidar el genocidio más grande en número, cometido en toda la historia de la humanidad, ha sido la pretensión mantenida por siglos e inyectada a nuestros historiadores por conveniencias de arreglos mercantiles y de agrupaciones secretas en cuanto a la ideología y las prácticas religiosas.
De todo esto, mucha historia pero en su volumen mayor, en la misma está oculta la verdad.
Como conclusión, dos son las premisas planteadas más valederas: tiene Chile más historia que la misma España, ninguna nación lo supera en escritos históricos y en historiadores a los chilenos, lo mismo con sus poetas y su cuantiosa poesía, pero a la vez, los chilenos son los seres más desinteresados e ignorantes de su propia historia como en general de la del mundo entero, y viven desprevenidos, a ciegas, sin comprar ni leer a sus connotados y numerosos historiadores y poetas.
 
III
Creemos en el derecho a la memoria como ejercicio y un deber de cultura trascendente. El Estado debe tener el deber de crear espacios de construcción de memoria pero en un grado de plena veracidad. El proceso memorial histórico implica recordar, olvidar, seleccionar y construir un relato de nuestra vida personal y colectiva y sobre todo, sobre quienes nos han legado tanto méritos para gozar de una independencia, libertad y justicia, en el camino de alcanzar la verdadera democracia, lejos de unas garras monárquicas en la que nos encontrábamos antes de las luchas por la Independencia y que ahora seguimos en sus férulas en forma solapada, oculta e hipócrita, sustentada por nuestros propios políticos y una Iglesia que obedece a una potencia internacional, como es el Vaticano, sin invocar a la justicia que rige en nuestros país y al bienestar económico que Chile necesita.
Por ello sabemos que es imposible vivir el presente, coherentemente, con las dimensiones psicológicas que le hemos asignado a los héroes de nuestros primero años como un país libre.
Cuando el olvido no existe como posibilidad neurológica, también sabemos que el olvido completo y la distorsión de la historia y la vida, de sus más altos personeros, nos impide, como seres humano, construir un relato donde estemos implicando soluciones hacia el futuro.
En el Bicentenario de nuestra Independencia creemos que nuestro país tiene una gran oportunidad, una nueva oportunidad, de darle la palabra, sin odios ni rencores, a cada uno de los Próceres que nos dieron la libertad, de los que sacudieron el yugo de una extraña monarquía, y de los connacionales, que acopiaron, lejos de la verdad, el odio en que consumen, hoy en día, su pluma y su verbo hasta los más ignorantes que ligeramente opinan con monosílabos sobre el final escabroso de nuestros Héroes, y de aquellos que nos dispusieron, escribiendo parcialmente su historia, a vivir nuestro destino de parcialidades intelectuales, sin armas de razonamientos ni de perdón.
 
IV
Sobre nuestros tres más renombrados Próceres de la Independencia
 
Bernardo O’Higgins, quien murió exiliado en el Perú, es por decreto el Padre de la Patria de Chile. Cada gobierno de turno tiene la obligación de rendirle a él los honores de representar nuestra libertad e independencia. Los militares por la necesidad de hacerse presentes, y de tener a un representante ante quien marchar, cantar y homenajear y pregonar su necesidad de existencia en la defensa hacia la patria, han adherido a esta obligación de identificación nacional junto con los símbolos patrios, escudo, bandera e himno.
José Miguel Carrera, fusilado en Mendoza, pese a ser el primero que dijo libertad, gestor de la primera Constitución de Chile, de la primera libertad de vientre de toda América; del Colegio Nacional; fundador de la Biblioteca, la primera en todo el continente libre y el primer presidente de Chile, pertenece en cuerpo y alma, exclusivamente a la aristocracia de nuestra patria. A esa aristocracia de apellidos vascos y europeos que se han confirmado como los rectores de la nacionalidad en lo económico, social y político.
Manuel Rodríguez es el patriota más querido y admirado por el pueblo llano. Es el hombre que entregó desinteresadamente hasta su vida, en aras de la libertad del pueblo, el que reconoció la estirpe mestiza de los chilenos, y desde éste punto de convergencia dictó las más nobles normas de convivencia nacional.
Al grito de “Vivir con honor o morir con gloria” Bernardo O?Higgins se ha inmortalizado, por obligación, en nuestra clase política, militar y gobernante.
Con sus últimas palabras José Miguel Carrera se inmortalizó entre la clase que se califica de rectora de los valores morales de la nación, de la sangre hidalga heredada del hispano, por ella es altamente valorado por sus últimas palabras en el instante de su sacrificio “La muerte es sólo una sombra que pasa”.
Y Manuel Rodríguez con ese grito que perdura en la memoria del pueblo, “Aun tenemos patria ciudadanos”, patria que el pueblo que lo admira sigue buscando, y no encuentra, por creer que también, y más a ellos, les pertenece por haber sido el hombre del pueblo el que sucumbió, en hojota y sin fusiles, en esos difíciles años de las luchas por la independencia.
Sin embargo estos tres Próceres, estando unidos, profundamente, en la misma escala de valores y sacrificios, en las mismas luchas de independencia y en contra de la misma monarquía, han estado en todo nuestro devenir como nación, divididos en los sentimientos en los tres estamentos de la sociedad chilena, de la político-militar; de la aristocracia valorada como clase alta; y por último del pueblo gestor del trabajo diario, que fue el que dio su vida por sostener los esfuerzos y la memoria de estos tres Próceres en las luchas por la independencia.
El odio en Chile hacia estos tres Próceres, parte desde el inmediato gobierno de Portales y su depredadora doctrina, que planificó y propagó argumentos contundentes para que la insidia dividiera por siempre a los chilenos, para así gobernar con más autoridad donde reinan las divisiones.
La época de Portales, fue la piedra angular con la que se ha trazó la falsificación de la historia de Chile, dejándonos con una nefasta e innoble imagen de O?Higgins, como el huacho con afanes de dictador; de Carrera como el insolente y arrogante hijo de familia rica y de Manuel Rodríguez, como un deschavetado libertino, de chinganas y vino tinto, un mero aventurero en aras de divertimento.
Todo este dictado convertido, por nuestros historiadores, en reglas de convivencia, lo que es imposible en un mantenimiento eterno no hacen más que seguir creando divisiones aun entre los más menesterosos de nuestra clase social, y por el ejercicio de la educación que conviven en versos, canciones y grupos hasta llegar a las más secretas asociaciones, con la carga negativa de acrecentar odios y divisiones, como es lo que impera en nuestra sociedad.
 
Sobre la verdad
La verdad, es una de las virtudes humanas que atañe generosamente a la ciencia histórica, es una idea basada en una observación sobre un objeto, una conducta, que es coherente con las demás verdades sobre el objeto y que le asigna a una propiedad, relación o comportamiento. La más simple es un nombre, una palabra que se asigna a una observación cualquiera sobre un objeto.
Una verdad está limitada por los factores que condicionaron la observación –la experiencia– desde donde se obtuvo, por ejemplo el dato definitivo de aquella observación y posterior propagación.
La cuestión de la verdad, la cuestión de que sea la verdad y de cómo se relaciona el hombre con ella, es un tema insoslayable, porque, sin una reflexión explícita o tácita sobre la verdad, no hay filosofía, ni historia, ni cuentos, ni amor, ni entendimiento en paz entre los humanos y sus cosas.
De ahí que el intento por parte del hombre de relacionarse con la verdad aparezca como una necesidad ineludible de la vida humana. Según palabras de Ortega y Gasset: “La vida sin verdad no es vivible”. De tal modo, pues, la verdad existe como algo que es recíproco en el hombre. Sin hombres no hay verdad, pero, viceversa, sin verdad no hay hombres, que es lo mismo afirmar que sin verdad no hay historia. Porque el ser afirma su sobre vivencia como un ser que necesita absolutamente la verdad y, al revés, la verdad es lo único que esencialmente necesita el hombre, su única necesidad incondicional”.
Tienen el mismo valor la palabra de Alejandro de Humboldt, cuando escribe: “Sin diversidad de opiniones el descubrimiento de la verdad es imposible, pues la verdad en su integridad no puede ser vista y valorizada por todos los hombres a un tiempo y desde un solo punto de vista”.
La verdad histórica es una necesidad del hombre, su necesidad más radical y natural. Tan natural e ineludible es la necesidad de verdad histórica que ni siquiera el escéptico puede renunciar a ella de modo absoluto.
Pero la verdad no es un don que el hombre reciba, sino algo que le falta, una necesidad que tiene que satisfacer porque el hombre se reconoce minusválido sin la relación con la verdad, además que su falta, crea antagonismo, odios que si se prolongan en la historia de un pueblo abren ese mar de caos cotidianos, logrando que nadie se entienda por la rivalidad que acumulan las calumnias, las falsedades y las omisiones en la historia de sus personajes.
El hombre pone en funcionamiento el pensamiento con miras a la verdad. El objetivo del pensamiento es, pues, la verdad, aunque muchas veces el hombre caiga en el error de dejarse llevar por los pensamientos y afirmaciones de unos pocos que acumulan intereses demasiados particulares, en defensa de uno u otro personaje que le es familiar y responde a su esquema privado.
Así, no es la perspectiva lo que impide que el hombre se relacione con la verdad, sino, por el contrario, es la falta de perspectiva, la pretensión de situarse más allá de cualquiera, es lo que impide relacionarse con la verdad.
La verdad se da en las ideas que el hombre se hace de la realidad que lo circunda y en la que está inmerso y son de su interés personal, en cuanto al que la falsifica.
Una idea es verdadera cuando corresponde a la idea que tenemos de la realidad. Pero nuestra idea de la realidad no es nuestra realidad, sino de el que intenta falsificar los hechos en provecho personal, como recalcamos sobre parciales y tergiversadores historiadores, induciéndonos a clasificaciones negativas sobre, inclusive, nuestros propios intereses de conocimientos de nuestro pasado y de personas a quienes les debemos veneración, respeto y agradecimientos.
Es nuestro deber tratar de descubrir la verdad sobre nuestro Próceres, tras la costra que les cubre lo escrito por los insidiosos y parciales historiadores, costra que les viene a ellos, impuesta por sus propios prejuicios recibidos por el mandato de sus superiores órdenes secretas. Ahí nuestra tarea, indagar, desnudar y propagar cuanto hemos ido descubriendo.
De este modo es como nuestra relación con la verdad de nuestra historia de la Independencia, en de las relaciones entre nuestros Próceres nos debe ilustrar un entrañable respeto hacia sus sacrificios.
 
VI
Con toda la carencia vivencial de ignorar la verdad, acogiéndonos al criterio de nuestros historiadores que nos legaron el odio entre los que dieron su vida por la libertad en la época de nuestra Independencia, es que ese odio, como sentimiento negativo, de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o repulsión hacia sus personas, no solo limita nuestra inteligencia sino parcializa nuestros sentimientos y destruye algo personal dentro de nosotros mismos, profundamente, hasta que el odio termina basándose en el miedo a su objetivo, ya sea justificado o no, o más allá de las consecuencias de albergar en nuestros sentimientos adversidad hacia quienes ni siquiera hemos conocido, o ante quienes por la insidia de los historiadores nos declaramos vencidos de antemano y adoptamos sus argumentos.
 
La dignidad de los pueblos se acrecienta cuando se está atento al recuerdo de sus héroes y de los hombres que contribuyeron a su formación, organización institucional y progreso.
 
Como una consecuencia de la Revolución Americana y de la Revolución Francesa, las naciones de América del Sur. Allá por los años 1810 y 1820, se constituyeron como tales y dieron comienzo a sus propias historias. La noción de la democracia que inspiraba a los hombres de la época, en gran parte guió sus acciones y propósitos. En cada una de estas nuevas historias figuran grandes hombres y mujeres que contribuyeron a la vida independiente de sus naciones. Son los grandes ciudadanos de nuestra América, hombres valientes, íntegros y visionarios, algunos vehementes y apasionados, pero todos con una exacta comprensión del sentido histórico que estaban viviendo. En los momentos culminantes de sus luchas, se superaron por ese fenómeno natural de sublimación que potencian los hombres cuando llegan a momentos decisivos de su vida.
Nunca en la historia de América existieron, inclusive hasta nuestros días, hombres más inteligentes, puros, valientes y con un sentido de patria como en esa época de la Independencia.
En nuestra historia se destacan con caracteres de paradigma, la figura de los tres nombres que forman y exaltan nuestra inquietud artística: Bernardo O’Higgins, José Miguel Carrera y Manuel Rodríguez.
Vencedores de combates y batallas, grandes en sus victorias y grandes en sus derrotas. En una sucesión de hechos guerreros que cubren varios años, aunque la fortuna le fuera adversa, siempre estuvieron patente el temple y el espíritu, y la indomable voluntad de vencer en aras de legarnos un futuro de libertad y promisorio en derecho, justicia y democracia.
 
Final
Sin embargo el destino de los emancipadores de acción y pensamiento de la América Meridional es trágico. Los precursores de la revolución en la Paz y Quito, murieron en los cadalsos. Miranda, el gran Precursor de la emancipación sudamericana, murió solo y desnudo en un calabozo, entregado a sus enemigos por los suyos. Moreno, el numen de la revolución argentina, que propagó la doctrina de la democracia, murió expatriado en la soledad de los mares, pues se necesitó mucha agua para apagar tanto fuego. Hidalgo el caudillo popular de la revolución de México, murió en un patíbulo. Belgrano, el precursor de la independencia argentina, que salvó su revolución en las batallas de Salta y Tucumán, murió en la oscuridad y la miseria, en medio de la guerra civil. Iturbide, el verdadero libertador de México, murió fusilado víctima de su ambición. Carlos Montúfar, el jefe de la revolución de Quito, como su compañero Villavicencio, promotor de la de Cartagena fueron ahorcados. Los primeros presidentes de Nueva Granada, que imprimieron carácter a su revolución, Jorge Tadeo Lozano y Camilo Torres, murieron sacrificados por la restauración del terrorismo colonial. Piar, el que dio la base militar de operaciones a la insurrección colombiana, murió ajusticiado por Bolívar, a quien enseñara el camino de la victoria final. Rivadavia, el genio civil de la América del Sur, que dio la fórmula de sus instituciones representativas, murió en el destierro. Sucre, el vencedor de Ayacucho, fue asesinado alevosamente por los suyos en un camino desierto, San Martín en el ostracismo, Simón Bolívar asesinado, como se ha descubierto recientemente, por algunos de sus partidarios, inclusive, algunos integrantes de su propia familia.
Y de nuestros héroes, qué decir y recalcar para que el dolor no nos sobrecoja: los patriotas chilenos de la independencia, Bernardo O’Higgins, en el exilio; José Miguel Carrera fusilado en Mendoza por orden de San Martín, y Manuel Rodríguez sacrificado por la espalda, camino a Til-Til, por orden de Bernardo Monteagudo bajo el dictado de la Logia secreta de nombre Lautaro, comandada por personeros argentinos, a la orden de Pueyrredón y de San Martín.
 
“EL OSTRACISMO DEL GENERAL BERNARDO O’HIGGINS”
por Benjamín Vicuña Mackenna.
 
En una visita que realicé a Chillán el año 2004, el doctor Alejandro Witker, profesor de historia de la Universidad del Bío-Bío y Agregado Cultural de la Municipalidad de Chillán Viejo, esforzado investigador de Bernardo O’Higgins, me mostró una de las tantas ediciones, hasta el momento ignoro cual, del libro de Benjamín Vicuña Mackenna “El Ostracismo del General Bernardo O’Higgins, donde en unas ocho líneas en letra pequeña al pie de la página, el autor del estudio investigativo, don Benjamín Vicuña Mackenna, refiere que cuando las autoridades fueron a retirar los restos del Prócer al Cementerio General, donde estaban depositado, en la misma urna en que se trajeron sus restos desde Lima, con la finalidad de llevarlos a otro destino más cercano a la ciudadanía, al sacar el féretro advirtieron que estaba quebrado y, que al moverlo salieron de él un sinnúmero de ratas, y que lo que encontraron dentro fueron sólo restos de estos roedores.
La primera edición de este libro fue realizada en Valparaíso por la imprenta y Librería del Mercurio, de Santiago Tornero en 1860. Posteriormente se imprimieron tres más, una en 1891 y otra en 1882. Nosotros tenemos solamente la edición de 1936, que es el quinto volumen de las Obras Completas de Vicuña Mackenna, con una numerosa colección de fotos de retratos de pinturas del prócer y cuánto a él perteneció como su casaca, espada y bastón; cuadros de Cosme San Martín, de Vila y Prados y de Martín Boneo, entre otros; medallas con su efigie; sellos postales; estatuas de O’Higgins –en Santiago y Buenos Aires– reproducidas de la maqueta original de “La Corona del Héroe”; de la plaza de Chillán; los óleos más conocidos de José Gil de Castro; imágenes de su padre don Ambrosio, su madre y hermana y, entre otras el sepulcro de O’Higgins en el Cementerio General de Santiago según un grabado hecho en París en 1870 de “La Corona del Héroe”.
Este es el curioso y único testimonio, –que de haberlo leído tengo la absoluta certeza– que nos consta de este triste e ingrato relato. Para dar credibilidad a este hecho que nos consterna, y que no nos atrevemos a resumir en más palabras, dejando la supuesta veracidad a las letras pequeñas al pie de página del libro, en esa edición precisa, del afamado historiador.
Nunca hemos obtenido respuesta del Dr. Witker, sobre este dato para confirmarlo con absoluta certeza y encontrar el año de la edición del libro de Mackenna. Pero suponemos que en La Biblioteca Nacional, se deben encontrar todas las ediciones de “El Ostracismo del General Bernardo O’Higgins”, libro donde se menciona lo antedicho sobre el triste destino final de los despojos del Libertador de Chile.
 
JOSE MIGUEL CARRERA
José Miguel Carrera yace en un desván en Providencia
Por Andrea de la Cruz L. Diario La Segunda, martes 12 de abril de 2005.
 
En el desván de una casa ubicada en la calle Genaro Prieto, en Providencia, envuelto en una bolsa plástica, se encuentra casi en absoluto abandono el que podría ser el cráneo de uno de los próceres de Chile. El resto del cuerpo se haya enterrado en la Catedral Metropolitana de Santiago, obviamente sin cabeza y sin uno de sus brazos.
El cómo llegó a Chile la que sería su calavera, es un apasionante relato que sus descendientes manejan al dedillo, y que, como es de dominio público, sus restos fueron sepultados en la pared lateral derecha de la Catedral, silenciosamente por su hermana doña Javiera Carrera.
Nunca se le ha dado a Carrera el reconocimiento que se merece, más aun, se ha tratado de bajarle el perfil a todo lo que es Carrera en la historia de Chile. Así lo manifestó Ana María Ried Undurraga, Directora del Instituto de Investigaciones Históricas José Miguel Carrera, por cuyas venas corre sangre del prócer. El Padre de Ried Undurraga, era tataranieto del héroe, lo que la convierte a ella en chozna. Todo esto dice la señora Ana María, y que le duelo saber que el que podría ser el cráneo de su pariente yace, dentro de una bolsa plástica, en el subterráneo de una casa.
¿Cómo llegó allí? Cuenta la leyenda, (que no es sólo leyenda sino una terrible verdad) que José Miguel Carrera, después de ser fusilado fue mutilado por orden de las autoridades de la Logia Lautarina: la cabeza y uno de sus brazos le fueron cortados y expuestos en caminos de Mendoza para escarmiento de los traidores a esa orden de la masonería. La cabeza logró ser recuperada pero ya casi comida por los cuervos, no así su brazo que fue devorado completamente por las aves de rapiña, y quien recuperó la cabeza aun carnosa, fue una chilena carrerina que vivía en Mendoza, doña María Ruiz de Huidobro. Un empleado de la familia Carrera, Toribio Rojas la habría traído a Chile, quedando en una capillita de la localidad de El Paico, cerca de la casa que Javiera y sus hermanos habitaban en El Monte. Allí se convirtió en objeto de culto, donde la gente la iba venerar.
El cráneo después pasó a manos de Eliécer Vergara, otro seguidor de Carrera y más tarde quedó en poder de Lilian Worlmad de Pellegrini, también admiradora del prócer. Ella se lo regaló a su amigo, el doctor Héctor Días de Valdés Hurtado, tataranieto de Javiera Carrera, que lo mantuvo como “joyita arqueológica” en su casa de la calle Genaro Prieto.
Hoy ni siquiera se puede ver ese despojo sagrado, producto de un conflicto familiar con ribetes judiciales. La casa en que vivíamos –comenta el corredor de propiedades Héctor Valdés Santa Cruz, hijo del médico– quedó en poder de mi hermano. Poco después que se hizo cargo de ella, mi hermano se separó de su mujer.
La mujer declaró la casa bien familiar y le prohibió a su marido, el descendiente de Carrera, el acceso a ella.
El cráneo sigue, ignorado, en el sótano dentro de una bolsa de plástico.
 
Jorge Aravena Llanca .
Berlín, 10 de agosto de 2009.

 


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