Mi?rcoles, 23 de diciembre de 2009

La larga agonía del concertacionismo

Por Marcelo Mella Polanco, académico USACH.

Se podría sostener que la crisis de la Concertación ha sido gradual y por momentos imperceptible. Los resultados del domingo 13 constituyen un síntoma de este proceso de descomposición. La explicación de la derrota por las bondades o deficiencias de Eduardo Frei Ruiz-Tagle parece una lectura demasiado conveniente, destinada a evitar la autocrítica.

Para una interpretación adecuada de este “domingo horribilis” hay que identificar procesos de mediana y de corta duración. En cuanto a los primeros, hay que constatar una tendencia al “vaciamiento programático” que apareció, ya con bastante fuerza, en 1997 (debates autocomplacientes y autoflagelantes). La Concertación salvó el mal momento y se proyectó en dos gobiernos —Lagos y Bachelet— con recurso a liderazgos de gran carisma, postergando su renovación programática y orgánica.

La coalición había llegado al poder en 1990, provista de un pensamiento minimalista y de tipo estratégico que tenía por objeto conducir la sustitución de un régimen autoritario por uno democrático (“transitología”). Las tareas de la consolidación democrática y de la democratización quedaban, “ex professo”, fuera de las pretensiones del gobierno de Aylwin. Los expertos de la Concertación, desde su segundo gobierno, fueron cada vez más técnicos y menos “políticos”, por lo que el conglomerado perdió capacidad para cuestionar los fines del orden social establecido.

En cuanto al proceso corto, se puede sostener que la ausencia de nuevos acuerdos programáticos ha determinado crecientes dificultades para definir la estrategia y el posicionamiento concertacionista. En este último plano, la coalición ha sido incapaz de procesar las demandas de su electorado y generar definiciones claras en materias como municipalización, educación superior, sistema tributario, carrera docente, política indígena, derechos humanos, seguridad ciudadana y régimen político. Por otra parte, ¿cómo hacer autocrítica sin generar pérdida de entusiasmo en las “huestes”? ¿Cómo generar expectativas creíbles de nuevos liderazgos, cuando las nuevas caras huelen a instrumentalización comunicacional? ¿Hacia dónde crecer, dados el perfil del candidato y la diversidad del arco ideológico? ¿Cómo bajar el voto rechazo de Frei, que bordea el 55%? ¿Cómo capturar el voto díscolo de ME-O, cuando para muchos se han roto todos los puentes? Lo que resulta claro es que, por todas estas complejidades, el mea culpa de Escalona es una cuestión accesoria.

 


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