Domingo, 16 de mayo de 2010

FERROVIARIO COLCHAGUINO Y HOTELERO PARTIÓ A DERROTERO DEFINITIVO

Tras estar alrededor de 21 días hospitalizado en el Hospital Sótero del Río y luego en el Metropolitano, falleció el ex ferroviario Aníbal Tapia Donoso ((86), de una serie de complicaciones que lo tuvieron los últimos siete días en estado grave hasta expirar a las 13 horas del día viernes recién pasado.

Le sobreviven su esposa, María Suárez Bobadilla (85) y sus hijos Rodolfo, Waldo, quienes ayer sábado poco antes de las 18 horas lo dejaron –en el Mausoleo familiar que él mismo había construido en el cementerio pichilemino- en la tierra en que desempeñó gran parte de su vida laboral en la Estación de Ferrocarriles de Pichilemu.

Hasta la costa llegó una caravana de vehículos en un cortejo que vino desde Santiago tras realizarse un oficio religioso en la Capilla San José de La Estrella en la comuna de La Florida.

Familiares y amigos de la familia, radicados en la capital, San Fernando, Talca y Cabrero se fueron uniendo para darle el último adiós, a aquel padre, abuelo, bisabuelo, tío que –junto a su esposa María- fueron anfitriones durante las vacaciones de invierno y sobretodo en verano de muchas jornadas de alegría en su casa que año a año fue transformándola, solo o con un ayudante a lo más, hasta convertirlo en el Hotel “Rodwaldt”.

Como ocurre generalmente, transcurridos los años, muchos primos, tíos y familiares junto con expresar las palabras de condolencias a los familiares directos, también estuvieron sentimientos de alegría y satisfacción en el reencuentro –que tras la despedida- reflotaron con recuerdos de inolvidables jornadas de paseos, bailes, aventuras, en esa entrañable tierra que muchos “elijen” para vivir y quedarse eternamente, como don Aníbal, puquillano (Puquillay, en la comuna de Nancagua), y donde ahí llegarán algún día sus seres más cercanos como su esposa e hijos, entre otros.

DESPEDIDA
En la Capilla, el encargado de despedir los restos de Aníbal Tapia Donoso (Q.E.P.D.), fue su nieto Rodrigo, de su hijo Rodolfo, quien junto con agradecer la presencia de quienes le acompañaban, hizo emotivos recuerdos de gran parte de su infancia. De sus paseos por rincones rurales de la comuna, de sus tardes ayudándole en las hortalizas, haciendo muebles, preparando mezcla o tratando de aprender a jugar ping pong, como de los regaloneos de sus abuelos, poco antes de quebrarse de la emoción.

En tanto, horas más tarde casi en el ocaso de día despejado que lo recibió –aunque todos pensaban encontrarse con lluvia- en el cementerio pichilemino lo despidió en primer lugar su única y adorada nieta (y uno de sus orgullos), la médico Carmen Gloria, quien leyó una carta de una de sus tantas sobrinas, Ema, quien no pudo llegar hasta Pichilemu.

En la emotiva nota, hubo reconocimiento a sus cualidades como ser humano y –cómo no- también a esas innumerables estadas en Pichilemu, junto a sus padres, hermanos y tantos otros familiares.

Más tarde lo propio hicieron sus sobrinos Titín y Moroca Tapia, entre otros, demostrando el cariño por el ser querido que ya reposaba en su última morada. Finalmente lo hizo su hermano mayor, Hernán (96) quien asistido por sus hijos lo ayudaban a mantenerse erguido. Aunque con dificultad por la emoción, don Hernán hizo pequeños trazos y recuerdos de su infancia y juventud con su hermano y al que catalogó como su fiel yunta, cuando recordó sus constantes arrancadas al campo y a los empinados cerros de Puquillay. “A veces, para no exponerlo a lo peligroso de mis aventuras, me arrancaba escondido, pero cual no era mi sorpresa cuando desde lo alto divisaba un pequeño bultito que se acercaba entre los plantíos hasta reconocer que era mi hermano Aníbal, que adivinaba mis andanzas …”. Acto seguido, continuó: “Cómo no recordarlo, cómo no quererlo, cómo no amarlo ….”, señalando en otra parte de su breves palabras, que “ … el Supremo Hacedor está esperando a la persona precisa para que le ayudes a seguir construyendo el Paraíso ..”, aludiendo así, a sus dotes de maestro e incansable trabajador …”  

De paso, recordó que eran cinco hermanos, siendo él el mayor, luego una hermana, su hermano Aníbal, otra hermana y finalmente David.

Finalmente fue Rodolfo y Waldo, sus hijos, quienes agradecieron a los presentes, el haber acompañado a su padre hasta su última morada.

VECINO
Una de las facetas poco conocidas de don Aníbal –y desconocidas por las actuales generaciones de dirigentes locales- es que a poco de llegar a Pichilemu, por los años ’60 fue uno de los tantos integrantes de la Segunda Compañía de Bomberos de Pichilemu, que nació en un momento en que “históricos” y gente nueva llegó a la conclusión que era necesaria la existencia de una nueva compañía. Y pese a que su vida fue corta, varios pichileminos y no pichileminos que residían se hicieron parte de esta nueva y efímera institución de voluntariado a la comunidad.

 Y don Aníbal fue uno de ellos, llegando a vestir uniforme de “parada” en uno que otro desfile cívico, tradición que –Dios mediante- sigue incólume en cada celebración de nuestra independencia nacional.

Más desconocida aún, quizás, es su faceta gremial (pero que “pichilemunews” la conoce al revés y al derecho), donde el año 1992 fue uno de los socios fundadores –junto a muchos más- de la Asociación Gremial Cámara de Turismo de Pichilemu.

Nunca quiso aceptar un cargo dirigencial, no obstante fue un activo socio cooperador, que procuraba estar –pese a no ser un gran establecimiento hotelero, como otros- al día en las cuotas sociales, o apoyando con cuotas extraordinarias, según lo ameritaban la serie de actividades que en sus primeros años la institución realizó.

En resumen, don Aníbal Tapia Donoso se quedó para siempre en el terruño que adoptó y quiso, para seguir como anfitrión de sus seres queridos y llevarlos –seguramente- a la casa que ya debe estar preparando, o al menos visualizando ….   

 

     

 


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