Mi?rcoles, 19 de mayo de 2010

VISIÓN DE ESTUDIANTE FRANCESA DE PERIODISMO SOBRE HECHO RECIENTE

Vengo de un lugar montañoso perdido en el medio de Europa. Para la mayoría de nosotros, la palabra familia evoca recuerdos a menudo fastidiosos que incluyen hermanos, padres y primos en el día de la Madre o para Navidad: somos individualistas, así nos educaron.

Esa típica europea fría que soy vino por casualidad a Chile, atraída por el viento de la aventura. Nunca pensé encontrar acá más que un par de recuerdos, sin embargo, aquí me tocó encontrar una vida inesperada.

Tuve la suerte de ser acogida por una familia, los Tapia Villalobos, gente de corazón y de alma cariñosa, quienes me tratan como si habiera nacido del vientre mismo de sus mujeres. Nunca me han juzgado, simplemente han abierto sus brazos, contado sus historias, y creado, uno nunca sabe, un lugarcito bien caluroso en su árbol genealógico.

Cuando estamos todos juntos, empiezan a contarme los cuentos de la familia, y, el personaje central de la mayoría de ellas, es un hotel, el famoso hotel Rodwaldt, construido en el centro de la cuidad de Pichilemu. De este lugar bendito, todos tienen a lo menos una aventura que contar, los juegos de los primos, las fiestas de disfraces, las rabias de la Abuelita María, alma de la casa, y la complicidad del Abuelito Aníbal, hombre de hierro quien construyó con sus manos estas obras maestras que son el mismo hotel y esta maravillosa familia.

Sin él, todas las historietas faltarían de sal, por eso siempre se las arregló para crear recuerdos: haciéndose el tramposo, llevando los niños a pasear por toda la costa pichilemina, contando a todos sus viajes reales o ficticios, y abriendo a todos la puerta de su corazón, tal como la de su amado hotel.

El viernes 14 de mayo murió Don Aníbal Segundo Tapia. El inefable anfitrión ahora también es un recuerdo.  Pero no se fue solito, se fue en presencia de su familia, y de los amigos de su tribu, unidos para despedirse de su creador. Una última caravana lo llevó desde Santiago hasta Pichilemu, siguiendo las líneas del tren que, en otra vida, el manejaba, para que pueda descansar en el mausoleo que construyó con sus manos, a pasos de su querido hotel. Soy extranjera, apenas alcancé a conocer a este personaje inolvidable, pero recibí igual este amor increíble que irradiaba de todos los que le amaron, y seguirán amándole. Porque así creó a esta familia, amando a todos, cual sea su origen. Y si ahora se fue, creo yo que se fue tranquilo, porque dejó su huella en el corazón de todos los que cruzaron su camino, y sus descendientes seguirán creando recuerdos, hasta que sus caminos se crucen de nuevo con este Abuelito incomparable, algún día, no tan lejos de Pichilemu… 

Elodie Queffelec


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