Viernes, 25 de marzo de 2011

Dolor limpio, dolor sucio

Por: Fernando Paulsen, periodista y panelista del programa de TV ?Tolerancia Cero?, de Chilevisi?n.

Escribo esto a la 1:30 de la ma?ana. Todav?a golpeado por la inmensidad del testimonio de James Hamilton en Tolerancia Cero. Trato y trato de imaginar el impacto de un testimonio sin bozal ni cedazo, infrecuente hasta la verg?enza de constatar la abundancia de indirectas y eufemismos en el lenguaje cotidiano. S?, Hamilton dijo en c?mara que el anterior arzobispo de Santiago, Francisco Javier Err?zuriz, "es un criminal".?Y, s?, mencion? a cuatro obispos de la iglesia cat?lica, por sus nombres, como posibles c?mplices o encubridores de los abusos sexuales de Fernando Karadima. Y lo dijo en vivo, al aire, sin titubear, agregando datos tras cada nombre, como para que no quedaran dudas que era a ellos exactamente a quienes se refer?a.

?Cu?nto tiene que padecer una persona para estar dispuesta a arriesgar penas sociales, laborales y familiares inmensas con tal de transmitir a otros lo que pas? en la intimidad de una parroquia??Mientras m?s lo pienso, m?s me acuerdo de un libro intrascendente que, por error, compr? hace como tres a?os antes de subirme a un avi?n en el aeropuerto de Boston, EE.UU.?Digo por error porque cre? que el libro era sobre Martha Beck, una de las asesinas en serie m?s famosas de ese pa?s, y descubr? que Martha Beck era el nombre de la autora y el libro era de sicolog?a pop, de esos de autoayuda para -en diez pasos- cambiar tu vida por la fuerza de tu voluntad.

Fue en ese libro de tr?nsito donde por primera vez le? sobre un sic?logo llamado Steven Hayes y su diferenciaci?n entre lo que denominaba dolor limpio y dolor sucio.

Dolor limpio es aquel que se produce por acontecimientos que son parte de la vida: una fractura haciendo deporte, la muerte de un ser querido, cuando te patea una polola, el despido del empleo, el accidente en la carretera. Todo eso causa dolor, se padece intensamente por un tiempo y puede superarse con aceptaci?n, terapia o, simplemente, cuando se recupera el hueso, se encuentra un nuevo trabajo o aparece un nuevo amor.

El dolor sucio, sin embargo, es autoprovocado y autosustentable. Crece en la intimidad de la mente como una constante subvaloraci?n, un goteo incesante de menoscabo sobre nosotros mismos. Se basa en las razones que nos damos para que nos haya pasado lo que nos duele, y por qu? lo que nos ocurre nos hace diferentes.?Es el "c?mo soy tan d?bil y tan malo para la pelota", de la fractura;? el "por qu? no estuve m?s tiempo con mi pap?",? o el "no puedo vivir sin ella";? el "soy un bueno para nada",? luego de ser despedido;? el "no tengo perd?n de Dios", del conductor del auto que se estrell? a toda velocidad. El dolor sucio? puede permanecer mucho m?s en el tiempo, trapea con la autoestima, no? tiene medicamento que lo calme y se reproduce cada vez que se debe enfrentar un evento similar.

En los relatos de las v?ctimas de abusos sexuales en el Caso Karadima todos mencionan el dolor y la angustia de no haber sido reconocidos como v?ctimas por a?os.?La desatenci?n intencional de la iglesia cat?lica durante mucho tiempo aliment? la mantenci?n de ese dolor sucio, incluso cuando las v?ctimas hab?an reconstruido sus vidas, se hab?an convertido en profesionales y se readaptaban a la liturgia de la vida cotidiana. El dolor limpio hab?a sido superado, pero el sucio,
el que te sigue como sombra, estaba ah? m?s vivo y presente que nunca, a medida que se les ignoraba, se les dilataba, se les ment?a.
Fue ese dolor sucio el que se advert?a en cada palabra de Jimmy Hamilton este domingo. Porque si bien el nuevo arzobispo les hab?a pedido perd?n el viernes, "a nombre de la iglesia", la reivindicaci?n que esperaban ten?a que ver con ellos mismos, con la forma c?mo se presentaban en sociedad despu?s de fallos vaticanos y reaperturas de
juicio.?Un atisbo de esa imagen de v?ctima recientemente reconocida fue la elocuencia brutal de Hamilton para nombrar y apuntar, sin temer represalias ni querellas, porque lo que duele ahora es el silencio propio de a?os, la confesi?n de la anterior pasividad y la convicci?n de que ese dolor sucio se cura en gran parte con un tsunami de verdad sin c?lculo.
Esa es la paradoja del caso Karadima. Las primeras denuncias se trataron como se trataban todas las que implicaban sacerdotes en abusos sexuales: dilatando investigaciones, negando la credibilidad de los denunciantes, amenazando con represalias.?Lo anterior conduce inevitablemente a un manto de silencio eterno sobre lo denunciado. No se filtran detalles, se protegen nombres y se aparta del grupo a los denunciantes. As? ha sido por d?cadas. Hasta que un pu?ado de v?ctimas, con mucho que perder, arriesgan perderlo todo para que las cosas se sepan. Si no es dentro de la iglesia, entonces fuera, en los tribunales ordinarios. Que se sepa la verdad inicia el proceso de reparaci?n del dolor sucio.?Y se juntan cuatro, m?s un abogado, y arman un caso basado en las experiencias de cada cual. Por eso sus testimonios son tan descriptivos, llenos de informaci?n precisa, m?s que de opini?n y teor?as. Porque es a partir de lo que conocen y les desgarra, sus casos y sus silencios de a?os, que se construyen los testimonios que les devuelven la dignidad al cuerpo.

La memoria es la ?ltima reserva personal contra el poder de las instituciones. Las v?ctimas de Karadima son hoy m?s fuertes que ?l y que su feudo en la Parroquia El Bosque. La paradoja consiste en que inspirados en la arrogancia de dos mil a?os de m?todos y maquinarias de dilaci?n e investigaciones destinadas al basurero, el resultado ha sido la creaci?n de un ruido ensordecedor, que ya no se puede detener con dinero, ni amenazas, ni con la administraci?n voluntarista de la furia de Dios.

"El arzobispo Err?zuriz es un criminal". "Juan Barros, hoy obispo, viol? un secreto de confesi?n". "No se investigaron dos suicidios de ni?os del mismo nivel en el colegio Verbo Divino". Las frases no se detienen y pueden gatillar a otros cat?licos para que aporten a la transparencia, ampli?ndola geogr?ficamente, contando sus casos y dejando que el flujo largamente contenido inunde los lugares p?blicos y descubra a los responsables.

La vieja iglesia institucional y sus pr?cticas est?n bajo juicio y eso a muchos les molesta. Hay demasiada transparencia, mucho testimonio detallado, poco miedo. Hay entre las v?ctimas mucha rabia contra uno mismo, el m?s fuerte de los dolores sucios, exigiendo, por fin, que se equilibren las voces de la jerarqu?a con las de las v?ctimas. En esa ecuaci?n de relatos, los documentos archivados, las copias firmadas, el c?digo can?nico se enfrentan a gente que habla y cuenta eventos, nombrando a los presentes por sus nombres, yendo abuso por abuso, sin demora, toqueteo tras toqueteo del otro lado de una puerta cerrada, habiendo decenas que saben lo que pasaba detr?s de la puerta y que hoy observan, con horror, como sus nombres pueden ser expuestos y les falta la coartada.? La memoria gana terreno y opone al ritual milenario de la negaci?n tan solo la palabra.

Es la hora de las v?ctimas. "Fiat justitia ruat caelum", dicen Hamilton, Cruz, Murillo y los que vendr?n. "Que se haga justicia, aunque se venga abajo el cielo".


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