Domingo, 30 de octubre de 2011

Girardi, Lázaro


Fuente: www.emol.com  - Por Carlos Peña, académico y rector UDP.

El caso de Girardi -no es, por supuesto, el único- plantea un problema de interés público.

¿Cómo alguien que ha cometido tantos y tan repetidos errores -usar dinero público en propaganda partidaria, rendir mal sus cuentas, involucrarse en acusaciones falsas contra otro parlamentario, condescender con quienes interrumpen el trabajo del Senado- puede, no obstante, sobrevivir en la política y llegar a las más altas cumbres del Estado?

Alguien dirá que todo eso no es nada -o casi nada-, si un dictador que violó los derechos humanos pudo pasearse por el Senado, en plena democracia, como Pedro por su casa, y si incluso el actual Presidente de la República llegó a ese cargo a pesar de tropiezos difíciles de justificar: líos judiciales, zancadillas en programas de televisión, porfiados conflictos de intereses, torpezas de variada índole.

Y es cierto. El caso de Girardi no es único. Todavía podría citarse el de Jovino Novoa, quien, a pesar de haber participado de la dictadura en sus momentos más sombríos, pudo ejercer, como si la vida democrática hubiera sido para él lo que el agua es para el pez, la presidencia del Senado.

Sin embargo, ¿no hay algo raro en todo esto? ¿No andará algo mal en un sistema político y de partidos que muestra tan poco escrúpulo y un estado de alerta tan bajo y tan condescendiente?

La vida democrática no es independiente de la virtud de los políticos. Lo que pensó Kant -una república democrática es posible incluso para un pueblo de demonios, enseñaba- es correcto a condición de que los demonios del caso cumplan las reglas y se sometan, al menos externamente, a ellas. Pero no es eso lo que ocurre aquí. Se incumplen gravemente las reglas, se las escamotea una y otra vez, se dan relatos cantinflescos para explicar su transgresión y, después de eso, todo sigue como antes, como si nada hubiera ocurrido, como si el debate democrático no se hubiera interrumpido, como si quienes lo interrumpieron hubieran sido gentiles, como si debiera ser indiferente que un grupo de personas, con la decisión inquebrantable de los que creen poseer la verdad, vociferaran, empujaran, interrumpieran y coaccionaran a quienes, por mandato de la ciudadanía, estaban deliberando.

El caso de Girardi no es así ni único ni episódico. Es una muestra del bajo estado de alerta que posee la cultura política hacia el bajo desempeño y las transgresiones de las reglas. Todos los sectores políticos están, a este respecto, en deuda. Acá Girardi, allá Novoa.

¿Qué es lo que funciona mal? ¿Cómo comprender este fenómeno?

Kant -para seguir con él- sugería distinguir entre razones prudenciales y razones morales. Las razones prudenciales son las que miran al propio interés. Usted a veces cumple la ley por razones de esa índole: porque sospecha que si no lo hace sufrirá un castigo. O apoya a alguien porque cree que, de esa manera, su propio interés se verá satisfecho. Este tipo de razones son a fin de cuentas puramente instrumentales y egoístas. En base a ellas se usan las reglas y las instituciones como recursos estratégicos en beneficio propio. Las razones morales, en cambio, son universalizables. Usted actúa en virtud de este tipo de razones cuando está dispuesto a aplicarlas a cualquiera que se encuentre en la situación del caso, sea amigo suyo o enemigo. En este caso, las reglas no se usan en beneficio propio, sino que se respetan porque se cree que ellas son intrínsecamente valiosas, que expresan algo que vale la pena defender, incluso si con ello se lesiona el propio interés de corto plazo.

No cabe duda.

El problema en la cultura política del país es que todas las reglas se usan por todos los sectores políticos como recursos puramente estratégicos, sin atender, siquiera por un momento, a su intrínseco valor moral. Las reglas no son así reglas -es decir, mecanismos para controlar la conducta-, sino recursos que se emplean como fichas, según cuáles sean los intereses del caso, para derrotar o al menos poner incómodo al adversario.

En medio de ese panorama, no es raro que los Lázaros como Girardi o Novoa pululen. Y tampoco es raro que los más jóvenes sientan que basta sentir algo como correcto para que cualquier acción, con prescindencia de toda regla, esté también justificada.


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